Recreación de Antony Bek durante la batalla de Falkirk,
librada el 22 de julio de 1298. En esta batalla es donde
fue definitivamente derrotado el caudillo escocés
William Wallace
Un preclaro ejemplo de este tipo de religioso nobiliario es, sin lugar a dudas, Antony Bek, que por su condición de obispo de la riquísima diócesis de Durham se convirtió en un verdadero príncipe en todos los sentidos del término. Quizás el que mejor supo definir el estatus del obispo fue su canciller, que dejó dicho que "hay dos reyes en Inglaterra, a saber: el señor rey de Inglaterra, que porta una corona en su cabeza como símbolo de su rango, y el señor obispo de Durham, que usa una mitra en lugar de una corona como muestra de su soberanía sobre la diócesis de Durham". De hecho, Durham era la capital del condado homónimo cuyos titulares tenían una serie de privilegios como ningún otro noble del reino, teniendo potestad para mantener un parlamento propio, reclutar tropas, regirse por sus leyes las cuales eran aplicadas por los jueces y alguaciles nombrados por los obispos, autoridad para conceder ferias y mercados a las poblaciones del condado, derecho para recaudar sus propios impuestos y tributos derivados por las tasas aduaneras, portazgos y pontazgos y hasta para acuñar moneda. En todo caso, lo que quizás defina mejor el elevado rango de los obispos de Durham era su título: príncipes-obispos, lo que nos dará una clara idea del estatus que disfrutaban los titulares de la poderosa diócesis que, además, tenían el título de condes palatinos. Otro ejemplo del verdadero poder de la sede de Durham lo tenemos en un suceso acaecido durante el mandato del predecesor de Bek, Robert de Insula, cuando el arzobispo metropolitano de York pretendió llevar a cabo una inspección en el cabildo catedralicio por ser Durham una sede sufragánea de la de York, o sea, que estaba bajo la autoridad de la misma. Los miembros del cabildo simplemente le negaron la entrada al templo alegando una hipotética falta de jurisdicción del arzobispo para inmiscuirse en sus asuntos, así que cuando este se presentó en la catedral se la encontró cerrada a cal y canto, lo que dio lugar a un interminable proceso que duró décadas y que, técnicamente hablando, jamás pudo darse por finiquitado.