domingo, 19 de agosto de 2018
miércoles, 8 de agosto de 2018
VIII Cartas del Diablo a su sobrino, sobre los tiempos de duda y tribulación
Esta carta forma parte del libro de C.S. Lewis (gran amigo de Tolkien) Cartas del diablo a su sobrino, en ellas el que escribe es el Diablo Escrutopo, que se comunica con su sobrino, el cual está bajo sus órdenes.
Mi querido Orugario:
¿Conque tienes "grandes
esperanzas de que la etapa religiosa del paciente esté
finalizando", eh? Siempre pensé
que la Academia
de Entrenamiento se había hundido
desde que pusieron al viejo Babalapo
a su cabeza, y ahora estoy seguro. ¿No te ha hablado nadie nunca de la ley de la Ondulación?
Los humanos son anfibios: mitad
espíritu y mitad animal. (La decisión del Enemigo de
crear tan repugnante híbrido fue una
de las cosas que hicieron que Nuestro Padre le retirase su apoyo.) Como
espíritus, pertenecen al mundo eterno, pero como animales habitan el tiempo.
Esto significa -que mientras su espíritu puede estar orientado hacia un objeto
eterno, sus cuerpos, pasiones y fantasías están cambiando constantemente,
porque vivir en el tiempo equivale a cambiar. Lo más que pueden acercarse a la
constancia, por tanto, es la ondulación: el reiterado retorno a un nivel de que
repetidamente vuelven a caer, una serie de simas y cimas. Si hubieses observado
a tu paciente cuidadosamente, habrías visto esta ondulación en todos los
aspectos de su vida: su interés por su trabajo, su afecto hacia sus amigos, sus
apetencias físicas, todo sube y baja. Mientras viva en la tierra, períodos de
riqueza y vitalidad emotiva y corporal alternarán con períodos de
aletargamiento y pobreza.
La sequía y monotonía que tu
paciente está atravesando ahora no son, como gustosamente supones, obra tuya;
son meramente un fenómeno natural que no nos beneficiará a menos que hagas buen
uso de él.
Para decidir cuál es su mejor uso,
debes preguntarte qué uso quiere hacer de él el Enemigo, y entonces hacer lo
contrario. Ahora bien, puede sorprenderte aprender que, en Sus esfuerzos por
conseguir la posesión permanente de un alma, se apoya más aún en los bajos que
en los altos; algunos de Sus favoritos especiales han atravesado bajos más
largos y profundos que los demás. La razón es ésta: para nosotros, un humano
es, ante todo, un alimento; nuestra meta es absorber su voluntad en la nuestra,
el aumento a su expensa de nuestra propia área de personalidad. Pero la
obediencia que el Enemigo exige de los hombres es otra cuestión. Hay que
encararse con el hecho de que toda la palabrería acerca de Su amor a los
hombres, y de que Su servicio es la libertad perfecta, no es (como uno creería
con gusto) mera propaganda, sino espantosa verdad. Él realmente quiere
llenar el universo
de un montón de odiosas pequeñas réplicas de Sí mismo: criaturas cuya vida, a
escala reducida, será cualitativamente como la Suya propia, no porque Él las haya absorbido sino
porque sus voluntades se pliegan libremente a la Suya. Nosotros
queremos ganado que pueda finalmente convertirse en alimento; Él quiere,
siervos que finalmente puedan convertirse en hijos.
Nosotros queremos sorber; Él quiere dar. Nosotros estamos vacíos y querríamos
estar llenos; Él está lleno y rebosa. Nuestro objetivo de guerra es un mundo en
el que Nuestro Padre de las Profundidades haya absorbido en su interior a todos
los demás seres; el Enemigo desea un mundo lleno de seres unidos a Él pero
todavía distintos.
Y ahí es donde entran en juego los
bajos. Debes haberte preguntado muchas veces por qué el Enemigo no hace más uso
de Sus poderes para hacerse sensiblemente presente a las almas humanas en el
grado y en el momento que Le parezca. Pero ahora ves que lo Irresistible y lo
Indiscutible son las dos armas que la naturaleza misma de Su plan le prohíben
utilizar. Para Él, sería inútil meramente dominar una voluntad humana (como lo haría,
salvo en el grado más tenue y reducido, Su presencia sensible). No puede
seducir.
Sólo puede cortejar. Porque Su
innoble idea es comerse el pastel y conservarlo; las criaturas han de ser una con Él,
pero también ellas mismas; meramente cancelarlas, o asimilarlas, no serviría. Está
dispuesto a dominar un poco al principio. Las pondrá en marcha con comunicaciones de Su
presencia que, aunque tenues, les parecen grandes, con dulzura emotiva, y con
fáciles victorias sobre la tentación. Pero Él nunca permite que este estado de
cosas se prolongue. Antes o después retira, si no de hecho, sí al menos de su
experiencia consciente, todos esos apoyos e incentivos. Deja que la criatura se
mantenga sobre sus propias piernas, para cumplir, sólo a fuerza de voluntad,
deberes que han perdido todo sabor. Es en esos períodos de bajas, mucho más que
en los períodos de altos, cuando se está convirtiendo en el tipo de criatura
que Él quiere que sea. De ahí que las oraciones ofrecidas en estado de sequía
sean las que más le agradan. Nosotros podemos arrastrar a nuestros pacientes
mediante continua tentación, porque los destinamos tan sólo a la mesa, y cuanto
más intervengamos en su voluntad, mejor. Él no puede "tentar" a la
virtud como nosotros al vicio. Él quiere que
aprendan a andar y debe, por tanto, retirar Su mano; y sólo con que de verdad
exista en ellos la voluntad de andar, se siente complacido hasta por sus
tropezones. No te engañes, Orugario. Nuestra causa nunca está tan en peligro
como cuando un humano, que ya no desea pero todavía se propone hacer la
voluntad de nuestro Enemigo, contempla un universo del que toda traza de Él
parece haber desaparecido, y se pregunta por qué ha sido abandonado, y todavía
obedece.
Pero, por supuesto, los bajos
también ofrecen posibilidades para nuestro lado. La próxima semana te daré algunas ideas
acerca de cómo explotarlos.
Tu cariñoso tío,
ESCRUTOPO
sábado, 28 de julio de 2018
Contra el falso cristianismo hippie. La Santa Ira
A veces recibo reconvenciones de hipócritas que reprochan mis palabras gruesas e injuriosas, mis intemperancias y raptos coléricos; aunque, más frecuentemente, los hipócritas, en lugar de decírmelo a la cara, se dirigen a quien puede hacerme más daño. Es cierto que a veces deslizo expresiones agrias en mis artículos; pero siempre van dirigidas contra iniquidades que claman al cielo, o contra los canallas que las conciben y ejecutan, por lo que mucho más escandaloso sería callar. Pero el hipócrita, bajo sus modales suavones y sus afectaciones pazguatas, es siempre un monstruo de iniquidad que desea que las iniquidades queden impunes. Mucho me repugnan los reproches de los hipócritas; pero mucho más todavía me repugna que, para reconvenirme, me digan melifluamente que es «muy poco cristiano» adoptar actitudes arriscadas, porque lo que Jesús deseaba es que fuésemos mansos y pusiésemos la otra mejilla. Tal sonsonete se funda, naturalmente, en una imagen totalmente tergiversada de Cristo, que cuando exhortaba a la mansedumbre no nos estaba pidiendo que fuésemos unos eunucos con horchata en las venas, ni unos pánfilos miramelindos, ni unos moderaditos inofensivos, sino personas que acatan dócilmente la voluntad divina. Tampoco cuando emplea la imagen retórica de poner la otra mejilla nos está pidiendo Cristo que nos convirtamos en unos seres pasivos que se dejan vapulear por sus agresores, sino que nos recuerda que Dios está con quien recibe una agresión por su causa; y que debemos hacérselo ver al agresor, para que entienda que el daño de su bofetada es ínfimo, comparado con el beneficio de la caricia divina. Que Jesús fue misericordioso y compasivo ante las debilidades del prójimo es algo que está fuera de toda duda; pero que fuese ese ser almibarado y merengosín que pretenden ciertos hipócritas, una especie de paladín del pacifismo más bobalicón y soplagaitas, es falso de toda falsedad. Jesucristo fue el Cordero de Dios, pero también el León de Judá; y de sus rugidos y zarpazos están llenos los Evangelios, que basta leer para que este falso Jesucristo de pitiminí que los hipócritas han construido se derrumbe ante nuestros ojos. Cuando leemos los Evangelios descubrimos, por ejemplo, que Jesús empleaba palabras consoladoras para sanar a los afligidos; pero descubrimos que también empleaba silencios enigmáticos, respuestas irónicas, parábolas terribles, discursos airados y hasta arrebatos coléricos. Jesús, en fin, nada tiene que ver con un predicador capón y melifluo que sonríe condescendiente ante las travesuras de los hombres, a los que mira con plácida benignidad; por el contrario, se revuelve viril y enojado contra los hombres cuando los sorprende en falta, los maldice e increpa con palabras acres, los reprende sin paños calientes y, llegado el caso, se lía a zurriagazos con ellos.
Esta santa ira nos sobrecoge a veces por su ferocidad; pero nos sobrecoge todavía más porque estalla cuando menos lo esperamos. Así, por ejemplo, en el Cenáculo, cuando Pedro se pone suavón y pazguato y lo invita a rehuir la Pasión, Jesús le lanza un anatema brutal (sobre todo teniendo en cuenta que antes lo ha elegido su vicario en la Tierra): «Apártate de mí, Satanás». No tiene empacho Jesús en llorar amorosamente sobre la ciudad que está a punto de inmolarlo; pero tampoco tiene empacho en profetizar que Cafarnaum y Betsaida padecerán mayor condena que Sodoma. A la higuera estéril la maldice, aunque como el mismo evangelista reconoce «no era tiempo de higos». A los mercaderes que se habían instalado en el atrio del templo los expulsa sin miramientos, armado de un látigo. Y a los fariseos les lanza una portentosa filípica, sin recatarse de acribillarlos con las palabras más gruesas e injuriosas: «Raza de víboras, sepulcros blanqueados», etcétera.
Y, en fin, no encontramos en toda la predicación de Cristo ninguno de los tópicos habituales a favor de la paz que tanto gustan de atribuirle los hipócritas. No hallamos en sus palabras ninguna execración de la guerra; y hasta llegó a cultivar cierta amistad con algunos soldados romanos. La paz que repartía a manos llenas entre sus seguidores nada tiene que ver con la paz del mundo, sino con la paz del alma, que se llena de la fragancia de los nardos cuando Dios anida dentro de ella. Y, en fin, Jesús nos advierte sin ambages que no ha venido a traer la paz, sino la espada, y a revolver al hijo contra el padre y a la nuera contra la suegra. Nada más natural, pues, para afrontar tales batallas, que armarse de santa ira. El León de Judá nunca dejó de mostrarse airado ante quienes lo merecían; y reservó sus iras mayores para los bellacos hipócritas.
Juan Manuel de Prada
miércoles, 25 de julio de 2018
sábado, 21 de julio de 2018
miércoles, 18 de julio de 2018
Obispos guerreros: Antony Bek, el poderoso obispo guerrero inglés
Recreación de Antony Bek durante la batalla de Falkirk,
librada el 22 de julio de 1298. En esta batalla es donde
fue definitivamente derrotado el caudillo escocés
William Wallace
Un preclaro ejemplo de este tipo de religioso nobiliario es, sin lugar a dudas, Antony Bek, que por su condición de obispo de la riquísima diócesis de Durham se convirtió en un verdadero príncipe en todos los sentidos del término. Quizás el que mejor supo definir el estatus del obispo fue su canciller, que dejó dicho que "hay dos reyes en Inglaterra, a saber: el señor rey de Inglaterra, que porta una corona en su cabeza como símbolo de su rango, y el señor obispo de Durham, que usa una mitra en lugar de una corona como muestra de su soberanía sobre la diócesis de Durham". De hecho, Durham era la capital del condado homónimo cuyos titulares tenían una serie de privilegios como ningún otro noble del reino, teniendo potestad para mantener un parlamento propio, reclutar tropas, regirse por sus leyes las cuales eran aplicadas por los jueces y alguaciles nombrados por los obispos, autoridad para conceder ferias y mercados a las poblaciones del condado, derecho para recaudar sus propios impuestos y tributos derivados por las tasas aduaneras, portazgos y pontazgos y hasta para acuñar moneda. En todo caso, lo que quizás defina mejor el elevado rango de los obispos de Durham era su título: príncipes-obispos, lo que nos dará una clara idea del estatus que disfrutaban los titulares de la poderosa diócesis que, además, tenían el título de condes palatinos. Otro ejemplo del verdadero poder de la sede de Durham lo tenemos en un suceso acaecido durante el mandato del predecesor de Bek, Robert de Insula, cuando el arzobispo metropolitano de York pretendió llevar a cabo una inspección en el cabildo catedralicio por ser Durham una sede sufragánea de la de York, o sea, que estaba bajo la autoridad de la misma. Los miembros del cabildo simplemente le negaron la entrada al templo alegando una hipotética falta de jurisdicción del arzobispo para inmiscuirse en sus asuntos, así que cuando este se presentó en la catedral se la encontró cerrada a cal y canto, lo que dio lugar a un interminable proceso que duró décadas y que, técnicamente hablando, jamás pudo darse por finiquitado.
sábado, 14 de julio de 2018
Oración del hombre nuevo
Concédeme, Señor,
SERENIDAD para aceptar las cosas que no puedo cambiar;
VALOR para cambiar lo que puedo;
SABIDURÍA para conocer la diferencia.

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